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domingo, 26 de septiembre de 2010

el ciclo de la vida


Ya lo había presentado antes... el peral (Pyrus comunis) del huerto de la casa de mis padres en Fuerte del Rey, mi peral. La última poda se la hizo Tomás, mi padre, con la ayuda de su nieto Alex. Este verano tuvo una cosecha generosa, llegando a sajar una rama que ya no podía soportar tanto peso. El ciclo eterno de la vida. Tomás se fue, hace ya seis meses... Y quería recomponer un collage con estas instantáneas de nuestro peral del huerto fluyendo en todas las estaciones. La caída de la hoja, la llegada del frío, el reposo invernal, la renovación de la actividad vegetativa con nuevas hojas y flores, la fecundación, el crecimiento de los brotes, el desarrollo y la maduración de las peras...


Aurelia, mi madre, elaboró ricas compotas y mermeladas de pera.


Y también su parra, esa que se empeñó en hacerla crecer hasta "el patinillo", nos regaló grandes racimos de uva blanca moscatel, deliciosa. Este verano busqué su sombra esporádica algunos ratos que pasé en el pueblo... Pero la generosidad del huerto fue tanta que cámara en mano intenté plasmar esas imágenes y sensaciones para compartir, cómo no! Y es qué el ciclo de la vida, sigue y sigue ... sin fin.

lunes, 14 de junio de 2010

verano del 68



Este es un intento de recuperar una foto antigua, una foto de familia... Mi madre Aurelia Castro toma a mi hermano menor, Ciriaco Manuel, "el niño", y mi padre, Tomás Montoro, con las piernas abiertas hace un hueco... a "la niña" (esa era yo, con cuatro años de felicidad). Observo sus manos fuertes y morenas como me protegen...sin quitarme el aire. Esta es mi familia en las escaleras del porche de la casa en la que vivíamos en el Berrueco, esa casa que aparece junto al castillo en la imagen de cabecera de un sitio diferente y en la presentación-resumen del blog. El tito Miguel, mocico por aquel entonces, la tiró cuando volvía de Barcelona aquel verano, después de trabajar en la SEAT. Una werlisa color, que revolucionó a la familia, y que acabó vendiendo, por mil pesetas, al primo Miguel, de los rubios de la Cañada de Zafra... la fotografía era muy cara como afición en esos años.

miércoles, 21 de abril de 2010

se nos fue Pedro...


Hemos pedido, tantas veces, serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, hemos pedido valor y determinación para cambiar las cosas que podemos cambiar y sabiduría para poder diferenciarlas. Nuestra intención sabe de nuestras acciones.

La ilusión cumplió sus cuentas... y ese olor a hierbabuena, que tanto le gustaba, esas flores, ese mar de olivos que rodeaba su pueblo, ese romero tan serrano, le acompañarán en su viaje. Y nuestro amor. Nos entendimos bien desde siempre, y compartíamos cafés, paseos por la costa y algún que otro cigarrillo.

Hemos aprendido a diferenciar lo que es importante de lo que es trivial.

Queda tranquilo, Pedro, aquí quedamos todos emocionados con tu recuerdo y cada cual tomará su rumbo... la vida siempre se abre camino y nosotros seguiremos saludando al sol en cada amanecer, dando gracias por un nuevo día.

miércoles, 12 de agosto de 2009

tormenta de verano

El lunes, 10, por la tarde se desató una buena tormenta, de esas que suceden en verano, sin previo aviso; de esas que crean afición; de esas que nos recuerdan cuando eramos chiquillos y nos pillaba en la calle jugando..., abríamos los brazos, girábamos la cara al cielo, con los ojos cerrados, y la sonrisa en los labios, o la boca abierta, para sentir y saborear aquel milagro portentoso. Que gozada de momentos aquellos, empapados en pleno verano.

El olor a tierra mojada fue el primer indicio, el sol se ocultó de repente y casi anocheció, llegaron las primeras gotas, enormes, generosas, después una tanda de granizo, y lluvia abundante al fin que escanció a todo el pueblo. Fuerte del Rey se lavó la cara y se le difuminaron las telarañas. En resumen 17 litros/m2 en media hora.

Cuando la tormenta pasó de largo, salí a dar un paseo, con la nikon en "stand by", había barro en los caminos, y en los primeros pasos conseguí sendas zarpas en las zapatillas.


La luz era tan especial, tan limpia, que no podía dejar escapar la oportunidad de tirar fotos como poseída por el valor de esas condiciones tan óptimas. El olivar, con sus luces y con sus sombras, se mostraba hermoso.


El pueblo aparecía tildado con un trozo de arco iris, desde el Cerro del Águila, donde decidí subir en busca de mejores panorámicas.


Y ese atardecer entre olivos, con una carretera serpenteando por los cerros, que pareciera dirigirse hacia el sitio donde descansa el sol.

Una tormenta de verano de recuerdos dulces y sabor a tierra mojada.